El significado de la palabra poesía
Me gusta pensar que cada uno de nosotros, por el simple hecho de ser hablantes, tiene también el derecho de ejercer la poesía. Creo firmemente que la poesía es una capacidad innata del lenguaje, presente en todos los idiomas. Existen expresiones poéticas porque, desde el momento en que comenzamos a convivir, a encontrarnos y a desarrollarnos como seres humanos, el lenguaje se convierte en un medio de expresión de lo bello y lo sublime, de nuestros sentimientos más profundos y sinceros. La poesía condensa esos elementos y nos permite manifestar nuestras emociones más auténticas.
Pueblos tan diversos como las civilizaciones africanas, los pueblos amerindios o la cultura occidental han desarrollado su propia poesía. No fue porque existiera un poeta primigenio ni porque hubiéramos probado el fruto del árbol del conocimiento, como en el mito bíblico. La poesía simplemente es una posibilidad inherente al lenguaje humano.
Podríamos comparar el derecho a la poesía con el derecho al voto: quien es ciudadano tiene el derecho a ejercerlo o no. De la misma manera, cualquiera puede escribir poemas. Pero, así como un voto informado requiere reflexión y conocimiento, escribir buen poema también exige concentración, estudio y preparación. No creo en la idea de los poetas elegidos, de seres excepcionales sacados del silencio profundo para entonar un canto superior. Esa concepción mesiánica resulta cómoda en sociedades que imponen privilegios a unos pocos por encima de la mayoría.
Durante la Edad Media, cuando el poder estaba concentrado en reyes y nobles, algunos artistas se justificaban diciendo: “No tengo riqueza ni linaje, pero poseo un don”. Así, con su talento para la pintura o la escritura, lograban el favor de quienes tenían el poder económico y político. Cervantes, por ejemplo, cayó en desgracia: estuvo preso, perdió el uso de una mano y enfrentó la miseria. Sin embargo, con inteligencia y sensibilidad, buscó apoyo para sobrevivir y lograr que su obra trascendiera. Si abrimos Don Quijote, vemos claramente quiénes fueron sus patrocinantes.
La historia nos muestra que los artistas han estado, muchas veces, alejados de las esferas del poder. Pero también es cierto que la precariedad no es un requisito para la creación artística. Algunos creen que la riqueza es sinónimo de insensibilidad, cuando en realidad la sensibilidad no depende de la posición económica, sino de la capacidad de conectar con la experiencia humana.
La idea del poeta como predestinado no me resulta adecuada. Por eso insisto en la importancia de los talleres de poesía: escribir buenos poemas es una habilidad que se puede aprender. Lo que hará que un poema sea verdaderamente valioso es nuestra experiencia vital, nuestra forma única de sentir y expresar. La pérdida de un padre, por ejemplo, es un dolor universal. Desde Jorge Manrique con sus Coplas por la muerte de su padre, hasta Jaime Sabines en Algo sobre la muerte del mayor Sabines, podemos trazar una línea en la poesía en español que comunica el mismo sentimiento: el duelo por la pérdida de un ser querido.
Si logramos transformar nuestra experiencia en poesía con técnica, estudio e intención artística, los resultados pueden ser significativos, al menos para nosotros mismos. Escribir con la única intención de alcanzar la fama es una pérdida de tiempo. Quienes se sientan a escribir pensando en ser Premio Nobel de Literatura están equivocados.
El verdadero arte no depende sólo de nuestros esfuerzos, sino de la forma en que el tiempo madura nuestra relación con el mundo y cómo nuestra obra adquiere autenticidad. Charles Baudelaire, por ejemplo, tuvo que pedir dinero prestado a su madre para publicar los ejemplares de Las flores del mal, un libro que cambió la historia de la poesía. Baudelaire, el primer “poeta maldito”, murió joven y en la pobreza, pero su legado poético perduró mucho más allá de su tiempo.
Para poder morir con cierta dignidad, Baudelaire tuvo que escribirle a su madre y pedirle perdón. Le rogó disculpas por haberse marchado de casa, por no haber seguido sus consejos y por haber creído que podría lograrlo todo sin la ayuda económica de sus padres.
Su madre lo buscó, lo encontró y lo llevó de vuelta a casa. Lo acompañó hasta sus últimos días. Así, el gran poeta que había revolucionado la literatura, el mejor de su generación, murió en la pobreza, dejando apenas algunos ejemplares de Las flores del mal, sufragados con dinero prestado. Su obra, que nadie quiso publicar en su tiempo, ahora es editada y estudiada en todo el mundo.
Hay muchos poetas que han vivido con sus madres. Sería fácil hacer una lista de ejemplos, pero no se trata de señalar a nadie. Quizá ese sea un buen comienzo para algunos: la cercanía con la ternura y la protección, pero también con el conflicto y la soledad de la creación.
Otra razón por la que la gente se acerca a la poesía es el deseo de saber si lo que escriben puede ser considerado poético. Muchos dicen: “Yo escribo, pero no sé si es poesía”. Me gusta responderles que todo es susceptible de ser leído como un poema.
¿Suena exagerado? Quizá. Pero hay un ejercicio sencillo para demostrarlo. Tomemos cualquier texto cotidiano, por ejemplo, la descripción en un envase de café: “Intenso. Italiano. Arábica. Doble. Con leche. Capuchino”. Si lo leemos con la cadencia adecuada, con la entonación solemne de un poeta que recita, podría parecer un verso. Es el ritmo, la musicalidad y la pasión con la que se dicen las palabras lo que puede transformarlas en poesía.
Esto tiene una explicación lingüística. Ferdinand de Saussure, el padre de la lingüística moderna, planteó una idea fundamental: las palabras son signos. Pero no cualquier tipo de signos. Son elementos que unen un sonido sin significado intrínseco con una idea que, en nada, se parece a ese sonido. Pensemos en la palabra “casa”. Psicológicamente, según los psicoanalistas, el concepto de casa representa lo mismo en francés, italiano, español o inglés. Su significado simbólico remite al hogar, al vientre materno, a un refugio.
Este tipo de asociaciones también es estudiado por la ciencia cognitiva. No es una cuestión de matemáticas exactas, pero sí de estructuras mentales compartidas. Las palabras que inventamos para nombrar la realidad tienen una relación arbitraria con aquello que designan. La poesía surge precisamente de esa arbitrariedad. Su materia prima es la palabra y su capacidad de transformación.
El poeta es aquel que juega con estas convenciones. Si la realidad nos dice que un árbol es verde, el poeta puede imaginarlo azul. Su función es desafiar lo que damos por sentado, expandir el lenguaje y, con ello, la manera en que percibimos el mundo.
Entonces, ¿qué fue primero: la poesía o la necesidad de nombrar la realidad? ¿Eran nuestros ancestros poetas cuando empezaron a hablar? ¿O simplemente usaban la metáfora para acercarse a lo sagrado?
La poesía, si la llevamos a su nivel mínimo de representación, es simplemente la creación con el lenguaje. Y si el lenguaje es una invención humana, esto implica que nuestros pueblos originarios, nuestros primeros hablantes, poseían una capacidad poética y creadora altísima. Fueron ellos quienes comenzaron a inventar las palabras que, a su vez, moldearon el mundo que habitaban.
Cuando estudiamos la etimología y analizamos lenguas no occidentales, nos adentramos en la lingüística diacrónica, es decir, el estudio del lenguaje a través del tiempo. Si observamos, por ejemplo, la evolución del latín y su transformación en las lenguas romances, encontramos registros de preocupaciones lingüísticas desde la antigüedad. La gramática de Nebrija, en el siglo XV, ya advertía sobre el uso “incorrecto” del latín y proponía la estandarización del español.
Sin embargo, cuando nos encontramos con idiomas ajenos a la tradición occidental, como el wayuunaiki o el toba, descubrimos que la formación de sus palabras nos parece casi metafórica. Estas lenguas componen sus términos a partir de pequeñas unidades de significado, generando conceptos más amplios y profundos. En latín, por ejemplo, la palabra recordar proviene de re- (volver) y cordis (corazón), lo que implica “volver a pasar por el corazón”. Es decir, recordar es revivir un sentimiento. Esta es una hermosísima metáfora que nos muestra cómo el lenguaje, desde su origen, ha sido una expresión poética.
Así, cuando nos maravillamos ante otras lenguas, comprendemos que crear palabras requiere de una sensibilidad poética. Probablemente, nuestros ancestros, al nombrar las cosas por primera vez, poseían un don natural para la poesía. Llamar “azulejo” a un pájaro o “girasol” a una flor sugiere una intuición estética primigenia. No solo identificaban el mundo, sino que también lo embellecían con sus palabras, convenciendo a los demás de que esas denominaciones eran las adecuadas gracias a su propia belleza intrínseca.
En cuanto a la pregunta inicial sobre cómo saber si lo que escribimos es poesía, hay un ejercicio que encuentro valioso: hacerle preguntas al texto. Si le preguntamos qué dice y cómo funciona, el propio texto nos dará pistas sobre su género y naturaleza. La literatura, como disciplina artística, es un arte del lenguaje que se manifiesta en diferentes formas, al igual que la música o la pintura tienen sus propias categorías. El rock and roll y la sonata pueden parecer distantes, así como el reguetón y la música clásica, pero en el fondo son expresiones del mismo arte.
De la misma manera, dentro de la literatura, la poesía tiene sus propios límites y estructuras, sus desafíos y libertades. Reconocer esos elementos nos permite entender si un texto pertenece a la poesía o si, en su esencia, busca otro tipo de expresión literaria.
La narrativa tiene su propia forma de accionar, al igual que la dramaturgia, el ensayo y la poesía, los cuatro grandes géneros literarios que podríamos considerar como mayores. Luego, existen otros géneros literarios, como la biografía y el género epistolar, que también forman parte de la literatura, aunque suelen clasificarse como géneros menores.
Dentro de cada género hay subgéneros. En la narrativa, encontramos la novela, el cuento y la crónica, que tienen un principio de acción. En la poesía, también hay distintas formas, como el verso libre, la poesía en prosa o la canción, que es un subgénero poético. También podemos pensar en la épica.
Cuando hablamos de épica y lírica, nos referimos a una división más histórica que contemporánea. Después del Imperio Romano y con la consolidación del arte y la literatura occidental, se establecieron estos dos grandes géneros. Antes del año 1100, toda la literatura estaba escrita en verso. Las historias, las narraciones y los poemas debían rimar porque la mayoría de la gente no sabía leer ni escribir. La rima servía como una mnemotécnica para facilitar la memorización y la transmisión oral de los relatos de pueblo en pueblo.
Un buen ejemplo de esto en español es El Cantar de Mio Cid, que narra las gestas del Cid Campeador, un caballero desterrado injustamente por el rey. A pesar de esto, forma su propio ejército, libera ciudades del dominio moro y finalmente es reconocido por el rey. La obra también aborda la tragedia de sus hijas y la venganza del protagonista.
Lo mismo ocurre con los salmos en la tradición judía. En una sinagoga, podemos escuchar a un rabino cantando los salmos, las lamentaciones y los proverbios. Se cantan porque, en sus orígenes, la poesía necesitaba rimar para ser recordada. Y recordar, como bien dice su etimología, es “volver a pasar por el corazón”.
En tiempos antiguos, toda la literatura era en verso. Por eso existía un género épico, que contaba historias, y un género lírico, que expresaba emociones. El poeta lírico solía lamentarse: “¡Ay, por qué me dejó!”, mientras bebía una copa de vino. Estas escenas siguen ocurriendo y seguirán sucediendo mientras exista la poesía.
Entonces, ¿cómo sabemos qué género estamos escribiendo? Existen preguntas que nos ayudan a descubrirlo. Si un texto responde a la pregunta “¿Qué pasó?”, probablemente sea narrativa. En Cien años de soledad, por ejemplo, asistimos a la historia de la fundación de Macondo y sus recuerdos generacionales. La narrativa cuenta hechos y busca responder “¿Qué pasó?”.
En la dramaturgia, en cambio, el interés no está tanto en qué pasó, sino en cómo pasó. La acción es clave y la manera en que se desarrollan los acontecimientos es fundamental para su comprensión.
Hay una pieza maravillosa en la dramaturgia: Casa de muñecas, de Henrik Ibsen. En ella, el personaje de Nora, tras un proceso de transformación, logra por fin liberarse de sus ataduras como mujer dominada, se separa de su marido, Torvald, y abandona a sus hijos.
En la dramaturgia, lo que importa es el “cómo pasó”. El personaje se mueve de una escena a otra, alguien entra, lo mira, le dice algo, y en esas acciones se construye la historia. Pero en la poesía, la pregunta clave es “cómo decir”.
Por ejemplo, si quiero expresar que te amo, no voy a explicar los hechos: no diré que me tiré al suelo, lloré y te declaré mi amor. Tampoco voy a narrar los eventos exactos de la situación. La poesía no busca explicar, sino encontrar la forma precisa de decirlo. Cómo decir la soledad que siento, cómo expresar el miedo que tengo a la muerte, cómo transmitir la sensación de estar incomprendido por mi pareja, cómo hablar con mis hijos sobre ciertas cosas.
La poesía nos permite explorar nuestra manera única de decir las cosas. Es un ejercicio de autenticidad. El ensayo, en cambio, se pregunta “cómo entender”. Podemos abordar el mismo tema desde distintos enfoques: El amor, por ejemplo. Si queremos entenderlo, podemos leer La llama doble, de Octavio Paz, un ensayo magistral sobre el amor y el erotismo. O podemos pensar en El elogio de la sombra, de Junichiro Tanizaki, que nos ayuda a comprender la estética japonesa. El ensayo es literatura porque nos ofrece una manera de entender el mundo a través del pensamiento.
Cuando alguien me pregunta si lo que escribe es poesía, yo siempre respondo con otra pregunta: ¿Sientes que estás logrando decir algo? No explicar, sino decir. Porque a veces decir “te amo” no basta.
No hay palabras más vacías que “te amo”, “te amaré por siempre”, “eres el amor de mi vida”. Son fáciles de pronunciar, pero muchas veces no contienen el peso de lo que intentan expresar. Se repiten en distintos labios, en distintas circunstancias, sin una verdadera carga emocional.
Por eso, los poetas se maravillan con la búsqueda de una forma auténtica de decir las cosas. No basta con convencernos de que amaremos para siempre o que daríamos la vida por alguien. La poesía busca algo más: la manera exacta, el matiz preciso, la verdad que subyace a las palabras comunes.
La intención es parte esencial del arte. No se puede hacer arte sin intención, así como no se puede crear un poema por accidente. Puede suceder que alguna rima surja de manera espontánea, pero recordemos que las rimas son métodos mnemotécnicos para recordar cosas. Parecería un accidente, pero en realidad es intencional. Los poetas se ponen de acuerdo con el lenguaje para construir versos, siempre con una intención deliberada.
La intención, además, tiene una doble vertiente. Como plantea Saussure, en todo signo lingüístico hay una imagen mental y una imagen acústica. La imagen mental es, por ejemplo, la idea de “árbol”. Cuando alguien dice la palabra “árbol”, podemos imaginar una mata de mango, pero también podría ser una mata de topocho. Aunque son distintas, ambas pueden caer dentro del concepto de “árbol” según nuestra percepción. En el lenguaje, la relación entre la imagen mental y la palabra que la nombra es arbitraria y depende del contexto y la intención comunicativa.
En la poesía sucede lo mismo. Debe haber una intención clara tanto en quien crea el poema como en quien lo lee. Un poema no es solo una sucesión de palabras bonitas; es un acto de comunicación con una intención artística y emocional.
Pensemos en los problemas que tiene el sistema educativo en la enseñanza de la literatura. Muchas personas no se acercan a la lectura porque no se les ha enseñado a hacerlo con intención. Leer requiere predisposición, así como asistir a una orquesta sinfónica requiere la intención de escuchar. Si entramos sin esa disposición, podría pasarnos como al protagonista de La naranja mecánica, quien experimenta un cortocircuito mental ante la música que le imponen.
La primera condición del arte es la intención: la intención de escribir, de formarse, de expresar de la mejor manera posible. Al encontrarnos con un poema, la intención debe ser decir algo de la manera más bella y efectiva posible, pero también de la manera más auténtica.
El poeta no se conforma con escribir “eres el amor de mi vida”. Su intención es transformar esa declaración en algo más profundo, más poderoso, capaz de seducir al otro con la fuerza del lenguaje. Solo después de la intención, surge otro elemento fundamental en la poesía: el sentimiento.
Podemos tener la intención, pero si no logramos amasar el sentimiento, si no conseguimos trabajarlo y transformarlo en una acción realizable, el poema no surge con autenticidad. Pensemos en un ejemplo: cuando alguien ha pasado por un trauma y le pedimos que hable sobre ello, es posible que no pueda hacerlo porque las palabras se le traban y, en su lugar, simplemente llore. Esa persona tiene el sentimiento, pero está atrapado en él, sin poder expresarlo. Ahora imaginemos el caso contrario: pedirle a alguien que escriba un poema de amor sin haber estado nunca enamorado. Probablemente, recurrirá a las frases hechas que repiten las películas románticas, porque es la única idea que tiene sobre el amor.
Pero quien ha amado de verdad sabe que el amor no se limita a palabras grandilocuentes. Es despertar al lado de alguien, escuchar sus ronquidos, recibir una patada en medio de la noche y pensar: “qué dulce patadita”. Es extrañar a alguien en los pequeños detalles: la manera en que camina, la forma en que sonríe, cómo se arregla el cabello. El amor no es solo el deseo físico, no es solo el acto de poseer al otro; el amor es más, el erotismo es más de lo que muestran las películas pornográficas.
Hay poetas que reducen el erotismo a lo burdo y lo pornográfico, escribiendo versos sobre “senos redondos”, “caderas anchas”, “nalgas firmes”. Pero, ¿cuántas mujeres tienen realmente los senos perfectamente redondos? ¿Cuántas poseen esas caderas y esas curvas idealizadas? Y, más aún, ¿por cuánto tiempo? Hay un momento en la vida en que esos cuerpos parecen encajar en el molde de la perfección, pero luego todo se humaniza. Se pasa de semidios a humano. Y el amor, precisamente, es una cosa de humanos. No es casualidad que tantas “top models” tengan problemas sentimentales; el amor va mucho más allá de la imagen.
Ahora bien, el sentimiento es importante, sí, pero ¿y la creatividad? La creatividad está dentro de la intención. Cuando te sientas a escribir, puedes decidir no repetir frases hechas como “eres el amor de mi vida” o “por ti daría la vida”. Puedes buscar una manera nueva de decirlo. Porque tienes intención y eres creativo. Pero también es cierto que, cuando el sentimiento no está bien administrado, puede arruinar un poema.
Si el poema carece de sentimiento, se siente seco, mecánico. Como si lo hubiera escrito alguien con “hígado de piedra”. Si alguien escribe sobre la muerte de su madre con versos fríos, sin alma, sin una verdadera carga emotiva, el lector no sentirá nada. La poesía no es solo la técnica, ni solo la emoción desbordada; es el equilibrio entre ambos elementos.
Ahora, pensemos en el caso contrario: alguien con una sensibilidad extrema que transforma cualquier imagen en una cursilería, como escribir: “vieja flor amarilla que nace en el campo de mi alma”. Una frase de este tipo puede parecer pura emoción, pero si se exagera demasiado, pierde fuerza y se vuelve trivial.
Por otro lado, están aquellas personas que tienen tantos sentimientos acumulados que no pueden pronunciar una palabra, o aquellos que, por el contrario, no han experimentado ciertas emociones y, por lo tanto, sus palabras carecen de autenticidad. Entonces, tenemos la intención de escribir, que nos lleva a estudiar la poesía; tenemos el sentimiento, que nos permite explorar nuestro interior y encontrar nuestra voz; y, finalmente, a veces necesitamos “macerar” esos recuerdos, dejarlos reposar como se deja el té en agua caliente para que su esencia se libere.
Pero la poesía tiene un tercer elemento que es inatrapable, que es su esencia mágica. Octavio Paz lo llama el “espíritu del arte”. Es aquello que nos cautiva cuando vemos un cuadro, cuando observamos los trazos de un artista, los contrastes de luz y sombra, la composición. Pensemos, por ejemplo, en una pintura que me fascina: San Juan Bautista, de Leonardo da Vinci.
En este cuadro, San Juan está en penumbra, con una expresión enigmática y un gesto singular: un dedo apuntando hacia arriba. La técnica es magistral, los claroscuros crean una sensación de profundidad, el cabello en espirales, la suavidad de la piel, la androginia de la figura… Pero hay algo más, algo indefinible que nos atrapa. Eso, según Octavio Paz, es la poesía. Es lo mismo que sentimos al escuchar una sinfonía, como el primer movimiento de Las cuatro estaciones de Vivaldi, donde la música nos envuelve y nos transporta.
Este espíritu del arte también está presente en la arquitectura, en la escultura, en cada manifestación estética que nos conmueve. Pensemos en El Laocoonte y sus hijos, esa obra maestra de la escultura clásica en la que un padre lucha desesperadamente contra las serpientes que amenazan a sus hijos. Aunque la escultura tenga más de dos mil años y pueda estar desgastada, su expresión de sufrimiento sigue intacta. La lucha de Laocoonte contra su destino es universal, atemporal. Es el arte en su máxima expresión.
Este espíritu del arte no está reservado a unos pocos elegidos. Todos tenemos la capacidad de hallarlo, por eso le llamamos “hallazgo”. Así, los tres elementos de la poesía son: intención, sentimiento y hallazgo.
Y para lograr un hallazgo hay solo una manera: la práctica. ¿Cuál es el oficio para encontrarlo? Escribir muchos poemas. No importa si son sobre el mismo tema. Si te ha dejado tu pareja, si has perdido a un ser querido, si vives un dolor profundo, escribe una y otra vez. Es en la repetición y en la búsqueda donde aparece la verdadera poesía.
Y lo guardo en una cajita, lo dejo reposar veinte años, o me pongo a trabajarlo porque sé que es humano, porque sé que tiene un sentimiento genuino.
Tomo la intención de hacer poesía, la trabajo, y de tanto escribir, lo más seguro es que consiga, si he estudiado y me he preparado, al menos un buen poema, mi propio premio Nobel personal.
A mí no me basta con tener un primer logro; me interesa sentirme bien conmigo mismo, estar contento con lo que escribo. Leo un poema mío y descubro que estuve masticándolo desde que mi padre me dijo que el dolor existe. Cuando escribía, narraba el sentimiento y lo recordaba; ese es el otro poema, el que vive en la memoria. Vi una escena, percibí el dolor y lo identifiqué como un sentimiento profundamente personal. La transmisión fue exquisita. Eso es lo que debemos buscar.
Aunque la poesía no es un método exacto ni una ciencia de laboratorio, hay algo en ella que se asemeja a un experimento. No se trata de tomar una muestra, de registrar el dolor como si fuera un fenómeno medible. Sin embargo, también tiene un componente arbitrario, como el lenguaje mismo. Es un proceso que mezcla azar, intención y sensibilidad.
El poema se nos presentará muchas veces en la vida. Siempre podremos escribir, pero sólo conseguiremos buenos poemas si seguimos intentándolo. Y una idea fundamental para lograrlo es no caer en la creencia de que ya hemos escrito nuestro mejor poema. El momento en que alguien piensa “ya escribí mi mejor poema” es el momento en que deja de aprender. Escribir es un proceso en constante evolución. Octavio Paz lo dice en El arco y la lira: se puede aprender a escribir poemas, pero hay que entender que hay poemas que no tienen poesía.
Así como hay obras de arte técnicamente correctas pero sin alma, también hay poemas que carecen de verdadera poesía. Son estructuras bien hechas, con la forma adecuada, pero sin hallazgo, sin esa chispa que los hace trascendentes.
Pensemos en un ejemplo claro: cuando leemos por primera vez el “Poema 20” de Pablo Neruda, sentimos un enamoramiento inmediato. “Es tan corto el amor y tan largo el olvido”. ¿Qué verso puede representar mejor lo que hemos vivido todos?
Ese poema tiene un hallazgo. Nos golpea, nos sacude, nos deja sin aliento. Eso es la poesía en su esencia más pura.
Cuando encontramos un hallazgo en la poesía, nos deslumbra, nos impacta. Sin embargo, no todos los versos nos generan la misma impresión. En los Veinte poemas de amor y una canción desesperada, hay momentos magistrales. Por ejemplo, en el Poema 14: “Voy a hacer contigo lo que la primavera hace con los cerezos”. Ese verso tiene un hallazgo innegable.
Curiosamente, de toda la obra, pocos recuerdan la Canción desesperada. En cambio, otros poemas también contienen grandes hallazgos: el Poema 15, con “Me gustas cuando callas porque estás como ausente”; el Poema 1, con “Mi cuerpo de labriego salvaje te socava y hace saltar el hijo del fondo de la tierra”. Son golpes de palabras, versos que resuenan y dejan huella.
Lo que quiero decir es que el hallazgo en la poesía no es equitativo ni predecible. Hay momentos en la literatura que son deslumbrantes y otros en los que los escritores parecen producir versos menos impactantes, más sencillos. Sin embargo, la aparente sencillez también puede encerrar una gran belleza.
El poeta que asume su oficio, que dice: “Tengo la intención de escribir poesía”, debe explorar en su interior, en su mundo real. Porque cuando no escribimos desde lo que sentimos y vivimos, terminamos cayendo en una ficción vacía, en algo que no se puede atrapar. En poesía, eso es un riesgo.
Sucede también en la narrativa. Preguntémonos: ¿Cómo se dice algo que no se siente?
Claro que se puede. Alguien que ya ha decidido divorciarse puede decirle a su pareja, en la última noche juntos: “Te amo, eres el amor de mi vida, no podría vivir sin ti”. Y esas palabras serán las mismas que han usado miles de personas antes. Pero, en ese contexto, serán solo una formalidad, una repetición vacía.
Aquí es donde entra la creatividad, la capacidad de dar a las palabras una nueva vida, incluso si no hemos vivido exactamente lo que describimos. Como los maquiavélicos buscan el poder, el poeta busca la verdad en la expresión.
El asunto de querer decir algo que no nos sucede es un tema fundamental en la literatura. Pensemos en la narrativa y en otros géneros con objetivos diferentes. En la narrativa, el escritor no puede ser todos los personajes, pero, ¿qué hace el novelista? Se sumerge en la piel de esos personajes.
Muchos escritores viajan a los lugares donde ocurren sus historias, investigan, escuchan relatos de quienes han vivido esas experiencias y absorben el sufrimiento, la alegría o el miedo de los demás. Así, construyen personajes creíbles. Este proceso nos lleva a una cualidad esencial del arte literario: la otredad, es decir, la capacidad de sentir lo que siente el otro.
En poesía, podemos desarrollar la otredad si tenemos el suficiente talento y coraje para sentir como siente el otro. Se puede escribir un poema desde la perspectiva de alguien más, entender su dolor, su amor, su nostalgia, y plasmarlo con sinceridad. En ese proceso, el poeta se encuentra con el valor de su propia voz y con la historia ajena que, al ser transformada en poema, se vuelve universal.
Muchos sentimientos pasan desapercibidos hasta que alguien los dice con las palabras adecuadas. A veces, una persona siente algo, pero no sabe expresarlo; luego, al leer un poema, dice: “Eso es exactamente lo que siento”. Y ese es el poder de la poesía: hacer que el lector se reconozca en las palabras de otro.
Por eso, en los talleres de escritura, me interesa explorar la autobiografía. Es la manera más efectiva de conectarnos con nuestros sentimientos genuinos. Si volvemos a nuestros recuerdos y emociones, podemos aprender sobre nosotros mismos. Y luego, al momento de construir una obra, cada escritor tiene la oportunidad de reinventarse, de reescribir su propia historia.
Se puede escribir poemas sin que estos tengan poesía. Se puede escribir un poema para el Día de la Madre, para una festividad, para un amigo, para practicar. También se pueden escribir discursos poéticos, ideas poéticas. Todo esto forma parte de la intención: decidir hacer algo de una manera determinada. Pero la intención no basta. También se puede tener un gran sentimiento y no escribir un poema. A veces, la necesidad de desahogarse hace que alguien escriba páginas y páginas en un diario, pero sin preocuparse por la forma o el ritmo del lenguaje poético.
En ambos casos, sin embargo, puede haber una pizca de hallazgo. La escritura continua, la práctica constante, aumenta la posibilidad de encontrar algo valioso dentro del poema. Mi maestro, Carlos Ildemar Pérez, en su libro Tragaba Jetoria juega con el lenguaje de una manera que resulta desconcertante. Sus textos están llenos de palabras inventadas y compuestas, lo que dificulta la comprensión inmediata. En ellos, no hay una emoción concreta, no hay un sentimiento fácilmente identificable, pero sí una experimentación extrema con el lenguaje. Y, dentro de esa exploración, hay tanta intención y tanta técnica que, inevitablemente, se encuentra un hallazgo.
Y a veces encontramos escritos que son altamente poéticos sin haber sido concebidos como poemas. No fueron creados con la intención de ser poesía, pero poseen poesía en su esencia, porque el sentimiento con el que fueron escritos es tan elevado que nos deja una profunda impresión poética.
Un ejemplo de esto son los diarios de María Calcaño. Ella no los escribió para que fueran leídos por otros, sino como una forma de desahogarse en medio de la profunda tristeza que sentía. Después de haber luchado toda su vida para estar junto al hombre que amaba, él la traicionó y tuvo hijos con otras mujeres.
En sus escritos, la frustración se percibe en cada palabra. Era una poeta sin proponérselo. Su diario estaba destinado únicamente a sí misma y a sus pensamientos. En él, también reflejaba el sufrimiento de su enfermedad. “Mi madre se fue en la mañana y yo me quedo con estos dolores”, escribía. Y en esas líneas se condensaba toda su angustia.
Si analizamos esto, podemos empezar a darle forma a dos elementos esenciales en la creación poética: la intención y el sentimiento. Se puede aprender a escribir un poema con técnica, estudiando a los poetas. Leer a García Lorca no es solo fijarse en lo que dice, sino también descubrir sus secretos. ¿Por qué Poema del cante jondo es tan maravilloso y, diez años después, Poeta en Nueva York resulta tan diferente y, sin embargo, igual de grandioso? Es un estudio de contrastes.
Podemos estudiar a Mario Benedetti, cuya poesía parece sencilla, pero lo dice todo con una claridad contundente. O acercarnos a Alejandra Pizarnik, quien nos hace ver el mundo desde una perspectiva desgarradora. Una mujer que sufrió de depresión e insomnio, que consumía metanfetaminas y cuya voz poética es inconfundible.
También podríamos hablar de José Antonio Ramos Sucre, cuya vida fue un reflejo de su obra. Tanto sufría el insomnio que una semana antes de su suicidio intentó buscar ayuda con Freud. No podía dormir. Su poesía es un eco de su tormento.
Y luego está Salmerón Acosta, un poeta tierno y trágico. Cuando le diagnosticaron lepra, tenía dos opciones: ocultarse del mundo o abrazar su destino. Eligió la segunda. Se marchó a la cima de Manicuare, un poblado frente al mar, donde construyó una pequeña choza. Allí, cada día se lavaba en las aguas saladas del océano y escribió un poemario inolvidable: Azul. Porque todo era azul: el mar, el cielo, su propio reflejo en la inmensidad.
El verdadero arte está en la transformación del dolor. Por eso hay que leer a ciertos poetas no solo como quien contempla un paisaje, sino como quien lo construye. Quiero saber cómo este hombre logró hacer esto, cómo convirtió su sufrimiento en belleza. Me sumerjo en su piel, estudio las razones que lo llevaron a plasmar su visión del mundo en palabras.
No necesitamos vivir una tragedia para comprenderla, pero podemos acercarnos a ella con la imaginación y la empatía. La creatividad en la narrativa y en la poesía tienen una conexión profunda. En ambos casos, el escritor no solo describe, sino que crea. Construye un paisaje donde antes no había nada. Por eso, los más grandes poetas tienden a hablar de sí mismos. Este es el principio fundamental de la poesía lírica: la expresión de la subjetividad, del yo profundo.
La poesía y la música nacieron juntas, ligadas a la lira, un instrumento de cinco cuerdas que permitió las primeras anotaciones musicales. De allí viene el pentagrama con sus cinco líneas. En la antigüedad, el poeta cantaba sus pesares improvisando sobre una base melódica. La improvisación siempre ha sido parte esencial de la tradición poética. En aquellas noches de canto y banquete, el poeta componía sobre la marcha, inspirado por la música y la atmósfera del momento.
De este vínculo entre música y palabra nacieron las más hermosas canciones, las que hablan del sentir profundo del cantante. De igual manera, los mejores poemas parecen expresar lo que siente el poeta con total autenticidad. Puede que nos estén engañando, que la emoción en el poema no sea realmente suya, pero yo elijo creerles.
En la vida de los poetas, como en la de los actores, a veces encontramos discrepancias entre la obra y la persona. Pensemos en un actor como Pedro Infante, quien interpretaba a rancheros que bebían en exceso. Su personaje encarnaba una imagen que quizás no correspondía del todo con su vida real. Lo mismo puede suceder con algunos poetas: nos presentan una versión de sí mismos que no es necesariamente la verdad absoluta.
Un ejemplo de esto es Rafael Cadenas. Cuando le pedíamos que leyera Derrota en un festival de poesía, él respondía: “No puedo leer más ese poema. Ese poema ya no es mío. Es de otro Rafael, el que tenía 26 años, el que estaba en la izquierda, el que había sido expulsado del país, el que luchaba contra el orden establecido. Hoy ya no soy esa persona”.
El poeta cambia, la vida cambia, pero la poesía permanece. Los versos escritos en la juventud pueden no representar al poeta en su madurez, pero siguen teniendo un impacto en quienes los leen. Porque, al final, la poesía no solo pertenece a quien la escribe, sino también a quienes la hacen suya al leerla.
Mi maestro el escritor venezolano Carlos Ildemar Pérez dice que un poeta, para ser realmente un poeta, debe estar muerto. Es decir, si has escrito un buen poema, uno que sea inmortal, entonces como ser humano ya eres prescindible. Tu poema ha alcanzado un estado que tú mismo nunca podrás alcanzar en otros cuerpos.
Pensemos en Rafael Cadenas y su poema Fracaso. A pesar del tiempo, siguen leyéndolo. Me causa curiosidad cómo siguen identificándose con su fracaso dentro del mismo libro. Fracaso es un poema terrenal, pero con una voz que ha cambiado con los años. Su tono contundente y apasionado lo hizo resonar especialmente entre los jóvenes, porque les habla a otras formas de sabiduría. “Gracias, fracaso, por librarme de tanto éxito que iba a tener”, dice en uno de sus versos. “Me salvaste de todo eso que me esperaba”. Bellísimo. Y también concluyente.
La búsqueda de respuestas sobre lo que somos, sobre el duelo y la creatividad, nos lleva a la intención de crear mundos, situaciones, ambientes que evocan sensaciones y generan discursos poéticos.
Por ejemplo, cuando escribimos un poemario de amor, podemos tardar cinco años en lograrlo, pero intentamos construir un discurso que parezca un solo tejido, un solo manto. Sin embargo, tú, como poeta, sabes que cada poema es un fragmento, que cada verso es una pieza dentro de una estructura más grande. Pero el lector, al enfrentarse al libro, puede preguntarse: “¿Quién es este hombre?” No se da cuenta de que el hablante poético no siempre es el poeta, que la voz lírica no es necesariamente la del autor.
Lo mismo sucede con los sonetos de Petrarca dedicados a Laura. No son poemas descarnados, sino sublimados en el ideal del amor. Y si vamos más atrás, en Roma, encontramos a Catulo y sus poemas dedicados a Lesbia. Sus epigramas son apasionados, llenos de deseo y contradicción. Catulo está enamorado de Lesbia, pero también la ataca, la maldice, la idolatra y la desprecia. Es un poeta atrapado en su propia pasión.
El amor, en la poesía, se transforma en mito. Se construye una ficción que trasciende lo personal y se convierte en una narración colectiva. El poeta toma sus emociones y las convierte en un universo simbólico. Esa es la tarea de la poesía: convertir lo efímero en eterno.
Le doy valor a la construcción de una organización creativa en la poesía, a la manera en que nos hace creer y representar al poeta como un creador que habla con voz propia. Es decir, lo que llamamos el “yo lírico”, aquel que se remonta a la lira, que se inspira y exhala todos sus sentimientos.
Aquí encontramos la diferencia temática entre lo lírico y lo épico. Mientras que lo épico narra la historia de otros, lo lírico se aferra a sus propias vivencias. La narrativa, por su parte, plantea el problema del narrador que relata no solo su propia historia, sino también la de los demás. Los narradores suelen ser estudiados por los sociólogos porque capturan la esencia de una época, de un contexto, de una circunstancia. Al narrar, también construimos nuestra necesidad de contar la historia de los otros.
Por ejemplo, yo quisiera escribir aquella novela sobre los grupos teatrales, sobre lo que ocurre en el mundo cultural de Maracaibo. Quizá lo que me sucede a mí ahora les ocurrió a otros en los años 60 y 70, y me gustaría sumergirme en sus cuerpos y narrar sus vivencias. Eso responde a una necesidad expresiva distinta. Sin embargo, en la poesía todos estamos unidos en una misma búsqueda: la exploración de la técnica, de la intención, del sentimiento, con la esperanza de alcanzar el hallazgo.
En este libro, estudiaremos la intención y la manera en la que exploramos nuestro sentimiento para encontrar esos momentos de revelación. Estos tres elementos—intención, sentimiento y hallazgo—deben buscar su equilibrio. Pensemos en ellos como un triángulo, como tres patas de una mesa. Sin ese equilibrio, el poema no se sostiene.
Es posible que la poesía tenga otros elementos más allá de esta estructura que propongo. Quizá se puedan analizar desde la teoría del signo lingüístico o desde sistemas semióticos más amplios. Sin embargo, desde mi punto de vista, estos tres elementos pueden servir como base para analizar la poesía, tanto en el proceso de escritura como en la lectura.
Cuando leemos un poema, podemos preguntarnos: ¿Cuál es la intención del poeta? ¿Por qué eligió esta palabra y no otra? Luego, podemos analizar el sentimiento: ¿cómo logró transmitir su emoción? ¿Cómo nos hizo sentir lo que expresa? Y, finalmente, identificar el hallazgo: ¿cuál es la frase dentro del poema que condensa su esencia? ¿Dónde está el poema en su máxima expresión?
Por ejemplo, en el verso “Es tan corto el amor y tan largo el olvido”, encontramos una síntesis magistral de un sentimiento universal. Sin el resto del poema, ese verso seguiría funcionando porque encapsula la esencia del mensaje. Otro ejemplo es “Puedo escribir los versos más tristes esta noche”, que de inmediato nos sumerge en una atmósfera melancólica y reflexiva.
Pensemos en la musicalidad en la poesía. El poeta tiene la intención de crear música con sus palabras, de sumergirnos en un ritmo. En los primeros versos de un poema, muchas veces encontramos el compás, el metrónomo que marcará el tono del resto del texto. En “Puedo escribir los versos más tristes esta noche”, la noche estrellada y los astros funcionan como un telón de fondo sonoro que marca el ritmo del poema.
Finalmente, el poeta cierra con un golpe certero, con la última estocada que da sentido al conjunto: “estos sean los últimos versos que yo le escribo”. Con esa frase, la obra alcanza su cierre definitivo, dejándonos con una sensación de conclusión y de permanencia.
La poesía es un viaje en el que cada palabra es un puerto, cada verso un horizonte y cada hallazgo un faro que ilumina la inmensidad del lenguaje. Desde la intención de escribir hasta la emoción que nos empuja a hacerlo, la poesía nos invita a navegar por aguas desconocidas, a veces tranquilas, a veces tempestuosas, pero siempre guiadas por la brújula del hallazgo.
Nos hemos detenido en el puerto de la intención, donde el deseo de decir nos empuja a zarpar. Hemos surcado el océano del sentimiento, donde las olas de la experiencia nos sacuden y moldean nuestra voz. Y finalmente, hemos llegado a la isla del hallazgo, ese territorio inexplorado donde la palabra justa brilla como un tesoro oculto.
La poesía no es solo una construcción de versos; es una cartografía del alma. Cada poeta traza su mapa, dibuja sus rutas y marca los puntos en los que su voz se quiebra o se fortalece. Y aunque el destino nunca está garantizado, aunque no siempre sabemos hacia dónde nos dirigimos, sabemos que, en algún lugar del lenguaje, encontraremos nuestro reflejo en el agua.
Escribir poesía es como arrojar una botella al mar con la esperanza de que alguien la encuentre, la descifre y la haga suya. El poeta lanza su mensaje, su emoción destilada en palabras, y el lector, en alguna orilla del tiempo, recoge la botella, la abre y deja que sus olas lo inunden.
Así es la poesía: un viaje sin final, una búsqueda infinita, una embarcación que sigue navegando mucho después de que el poeta haya dejado de escribir.
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2 respuestas
Gracias poeta, por esa lección de lo que es poesía
Gracias poeta por hablarnos sobre poesía