Hablar de poesía es entrar en un territorio inasible. Apenas pronunciamos la palabra, comenzamos a construir preconceptos sobre lo que debería ser. Hay diversas definiciones: algunos la elevaba como una forma de salvación, otros la consideraban un tesoro, un patrimonio. La poesía, en su esencia, se resiste a ser contenida en una fórmula. Si leemos un fragmento cualquiera y nos preguntamos si es un poema, la respuesta dependerá de la percepción de quien escucha. Para algunos, la poesía se define por la musicalidad, la estructura, la rima; para otros, es el ritmo interno, la intensidad de la imagen, la fuerza del pensamiento. La comparación con un soneto de Quevedo nos obliga a ampliar la mirada. “Cerrar podrá mis ojos la postrera sombra que me llevare el blanco día…” El soneto Amor constante más allá de la muerte es un clásico del Siglo de Oro, un canto a la inmortalidad del amor más allá de la muerte. Su métrica es rigurosa, su rima impecable, su lenguaje elevado. Sin embargo, ¿puede ese poema, tan distinto en forma y tono, compartir algo esencial con un poema contemporáneo, libre de rima y métrica? Tal vez la respuesta esté en la manera en que entendemos los conjuntos conceptuales. Así como un chihuahua y un San Bernardo pueden parecer criaturas distintas a quien nunca ha visto un perro, un poema moderno y un soneto clásico pueden parecer irreconciliables para quien se aferra a una
Visitas: 0

Aún no hay respuestas