Lo estamos haciendo bien, me digo, al recapitular y sentirme rodeado de una generación que a pesar de la tirantez del tiempo sigue montando teatro y soñando en hacer de la poesía una experiencia más allá del ritual retórico de la lectura: la poesía es una acción que debe perpetrarse a pesar de los poderosos.

Fui al teatro Baralt a ser testigo de la segunda vez que se monta la obra “Agua de Colonia” escrita por el maestro del teatro Enrique León, y protagonizada por dos hombres ya maduros de tanto teatro: Milton Quero (quien también dirigió) y José Luis Montero (quien vuelve a las tablas después de trece años de ausencia).

La obra cuenta, en pocas palabras, una noche de tragos entre dos hombres de mediana edad de Maracaibo que están envueltos en la resistencia a la dictadura de Marcos Pérez Jiménez y que mientras beben y escuchan música o tocan la guitarra, cuentan sus cuitas de amor.

En general es una obra machista que cosifica a la mujer, tal como lo hace el maracucho ordinario y más de que aquella época, pero tras el consumo del “licor” y el susurrar de los boleros y danzones, se ve tras el entarimado de la hombría una realidad más concreta del alma solitaria del hombre tosco, de las penas que sufren los machos en su incomprensión del otro, y por supuesto, la vida real de quienes se queman el pelo en la lucha política en contraposición de los poderosos que siempre estarán en el poder.

Si analizamos la escritura de Enrique León que se convirtió en actuaciones y parlamentos, estamos frente a una obra maestra de quien pensara que el teatro era una herramienta para la poetización de la ciudad: poesía y dramaturgia son una misma cosa en el Enrique León que escribiera un maravilloso libro llamado “Fragmentos” donde dejara clara su poética del teatro y en su tierna juventud escribiera poemas conversacionales que, con el voseo como elemento principal, son en sí mismo monólogos que descubren a los lectores la profundidad de nuestra oralidad convertida en poesía.

“Agua de Colonia” es entonces una metáfora de como el hombre de Maracaibo oculta en la fragancia de su machismo un universo de derrotas e incomprensiones, cada día más pesadas, y que finalmente agrietan la felicidad; pero también, puede ser la fragancia de ese alcohol que lava las penas de amor y refresca las heridas de un corazón dispuesto a desearse abierto, sangrante y reventando por la palpitación de los amores.

En cuanto a las actuaciones, sus protagonistas han construido arcos dramáticos maravillosos: el personaje de Milton Quero es un hombre con dos mujeres, que se jacta en un principio de su don de equilibrista, y con el consumo de la bebida espirituosa, va mostrando los hilos de su fracaso, la mala situación económica que lo cobija, y sus dudas sobre los líderes de la resistencia política. Es el mejor retrato de los hombres que se rasgaron sus vestiduras por un cambio político en el país, y no obtuvieron nada, más que la misma pobreza en que siempre habitaron: es un hombre que se ve asfixiado por sus ideales, y que su propio machismo lo agota hasta convertirlo en el rehén de su suerte marchita. Los adecos que padecieron en Guasina y que nunca gobernaron, los correos del partido atrapados y torturados por la Seguridad Nacional, cuyo heroísmo jamás fue reconocido.

El papel de José Luis Montero, sin duda el mejor de toda la obra, descubre al hombre postrado en un distanciamiento emocional con el contexto, que produce hilaridad por su recurrente tema sobre la prostitución, pero que al mismo tiempo descubre la orfandad de su matrimonio que en plena obra muestra un amago de violencia doméstica. Aquí, de principio a fin, vemos el periplo, la realización del viaje del héroe, que la actuación de Montero sabe mostrarnos en sutiles gestos, desde la ropa que como a todo borracho se le hace incomoda, hasta en el paso trastabillante o en el gesto de servirse un poco más de trago que a su compañero. Cada segundo del personaje es una evidente demostración del talento actoral de José Luis Montero, quien hizo de la mitad del escenario en que desplazaba, un reino diferente al de Quero.

El personaje de Montero además lleva el tiempo del discurso político de la obra, es quien desenmascara la denuncia de Enrique León, ya que, de ser un fiel revolucionario, se muestra luego como un hombre que habita en el ecosistema de supervivencia. Este personaje me recuerda a los mejores villanos ocultos de Valle-Inclán o la inteligencia desbordan los mejores antihéroes de la literatura latinoamericana: Larsen de Onetti y José Cemí, de Lezama-Lima. También en “Los pequeños de seres” de Garmendia están esos hombres con fe que caen en el deterioro de sus ideales por la necesidad de sobrevivir al cambio que presienten que se avecina.

La escenografía sencilla, la música, las coreografías, son suficientes para asegurar que presenciamos un espectáculo, pero la guinda del pastel fue la presencia en el teatro del autor de la obra, Enrique León, quien, en medio de su nublada razón, arrebatada del mundo de los cuerdos hace más de diez años,  recibió las loas del público emocionado porque acaban de ver una hora de un entramado poético y actoral nacido de vivencias metaforizadas de un hombre de teatro, que más allá de sus grises, solo dejará los brillos de los luceros que encendió.

Me alegro, y resumo que a medida que estos soberbios actores se presentaban, a mí solo me dieron ganas de beber, es decir, sentarme en el escenario junto a ellos, contarles mis penas y enderezar el camino de esos hombres que se parecen a los de nuestro tiempo, que se rompen el alma como nosotros en esta época de traiciones y cambio, y que parecen estar en un diálogo con el presente en base a la necesidad de reconstruir la hombría frágil y orgullosa, por una que sin necesidad de emborracharse, sea capaza de mostrarse sincera y transformadora, idealista  pero con perspectivas reales para el progreso individual.

Me tomo un buche de agua de colonia y le pido al destino que ésta no sea la última vez que se presente esta nueva versión de “Agua de Colonia”, ya que nuestra gente necesita ver más veces de lo mejor.

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2 respuestas

  1. Excelente crítica, muy amplia, detallada y con un extraordinario uso del lenguaje. Me hizo sentir en el Teatro. Ojalá obras de este tipo se sigan montando en Venezuela, estamos sedientos de buen teatro.

  2. Gracias Luis Perozo Cervante por llevarme de la mano, a través de tu extraordinaria pluma, al Teatro Baralt de Maracaibo y disfrutar de la excelente puesta en escena de “Agua de Colonia “, Tu crítica me atrapó desde la primera línea y me hiciste sentir en la sala con tu relato. Gracias por el video, no me imaginé que podría disfrutar esta obra desde Santiago de Chile donde me encuentro. La puesta en escena y la actuación de los destacados actores José Luis Montero y Milton Quero fueron de primera, digno trabajo para ser visto por una audiencia más amplia y ansiosa por ver buen teatro como la venezolana, tan deseos de buenos programas culturales. Desde hoy te seguiré por las redes sociales para disfrutar de tu extraordinaria pluma y tu buena narrativa. Gracias.

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