Sonríe, que esta puede ser tu última fotografía: Acercamiento a la realidad agravada de Julio Ramón Ribeyro y Juan Villoro

Por favor —dice Luder a su criada—. Deja entrar a quien sea, menos a sociólogos barbudos que están haciendo una tesis sobre El escritor y su tiempo.
Julio Ramón Ribeyro

Julio Ramón Ribeyro y las realidades de ojo Inca

Quizá no afecte mucho la diferencia nacional al hablar de autores latinoamericanos
—cuando los globalizamos como latinoamericanos—, pero al referirnos a un autor del Perú, de una Lima limpia y nublada, que recorrió los pueblos, y vio la miseria sencilla que padecen y asumen los pueblos andinos, estamos hablando de un hombre de sensibilidad diferente, un tipo que acepta la realidad con su carga nostálgica, y en el transmutar del arte, la convierte en melancolía. Detengámonos a pensar en el panorama de un autor como Julio Ramón Ribeyro (Lima, 1929-1994), ese hombre delgado de grandes ojos, esencialmente cuentista —como nos dice en sus dichos de Luder: “Le preguntan a Luder por qué no escribe novelas. —Porque soy un corredor de distancias cortas. Si corro el maratón me expongo a llegar al estadio cuando el público se haya ido.” (Ribeyro: 198)—, aunque también haya incursionado con éxito en la novela, el ensayo, la crónica, la dramaturgia y otros géneros menos clasificables. Pensemos en ese ser humano que viajó y trabajó duramente en Europa —como regularmente lo hacen los inmigrantes latinoamericanos en esas tierras—, que no paró de escribir jamás, que fue diagnosticado de cáncer desde 1974 y lo padeció hasta la fecha de su muerte. Toda esta carga de vida que se trasmutó, a su literatura, en un peso insondable de realidad.
Tenemos la ventaja de trabajar con una selección de textos hecha por el propio Julio Ramón Ribeyro, su libro titulado Antología Personal, editado por el Fondo de Cultura Económica. En esta antología el autor expone que ha seleccionado los textos que más le gustan de toda su obra. Allí se encuentran tres cuentos con los que hemos trabajado. El primero de ellos Solo para fumadores es una muestra explícita de lo que la realidad contundente de un autor puede generar en el lector. Todo el texto gira en torno a un Julio Ramón que está contando su relación con el cigarrillo. Además de apasionante, el cuento nos revela el poder de observación que el narrador padece. La realidad como función enfática de lo que siente el escritor: “yo estaba alojado en casa de este obrero metalúrgico, que me alquilaba una pieza con desayuno y una comida en el departamento que ocupaba en el suburbio proletario”, “La Frau cerró de un tirón la ventanilla del kiosco y quedó mirándome tras el vidrio no solo escandalizada sino aterrada. Solo en ese momento me di cuenta del error que había cometido: creer que estaba en España cuando estaba en Alemania”, “Para la Frau del Kiosco, un tipo que le pedía algo pagadero mañana, no podía ser más que un estafador, un delincuente o un desequilibrado dispuesto a asesinarla llegado el caso”. (Ribeyro: 24)
A lo largo y ancho del relato, Ribeyro nos destapa la olla de la sensibilidad para que tengamos la oportunidad de oler, apenas oler, todo lo que para él fue vivencia. Entonces, este inca tiene la capacidad de dejarnos ver la realidad como vivencia, lo que la hace verídica, auténtica. Lo mismo en el cuento La juventud en la otra ribera donde un Doctor en Educación es conducido a su muerte en lo que será la mejor experiencia de su vida: un romance con una chica parisina, una fiesta inolvidable, una cena, la superación de la mediocridad local que por fin reconoció su talento, y en definitiva, un complot para robarlo, que se resume en un disparo: “Sonaron dos detonaciones al parecer lejanas, al punto que se preguntó si los cazadores no se entretenían en un coto vecino. Pero la tercera lo enganchó de la espalda como un arpón, lo detuvo en su carrera, y después de hacerlo trastabillar lo derrumbó de bruces en el pasto” (Ribeyro: 99-100).
O en el extraño relato Silvio en El Rosedal, que será una demostración del poder de Ribeyro para llevar al lector por la larga historia de la vida de un descendiente de italianos que no hizo más que entregarse a los misterios de su hacienda El Rosedal. Maravilloso en descripciones y en el dibujo social de los grupos de hacendados andinos, que en las tierras de El Rosedal pululaban con sus ademanes aristocráticos. En síntesis, el texto lleno de contenido social, que no alude a una expedición o inventario de situaciones, sino a matices de contraposición que van conformando los procesos descriptivos que alimentan la narración viva, delicada y detallada de Julio Ramón Ribeyro.
Las realidades del ojo inca, serán las artífices de esa contemplación intensa y parsimónica que Ribeyro recoge. Quizá fue el lento paso de las nubes en la cordillera, o alguna visita al mar, la dura vida en Europa, la carga material, el destino espiritual, quizá todo lo que fue construyendo el carácter y temple de este escritor.

Juan Villoro: lo de ser mexicano y ser pesimista se lleva en las letras

Claramente los escritores mexicanos se parecen en demasía. Cuando leímos a Juan Villoro no había línea que no recordara a Carlos Fuentes en su La región más transparente, quizá porque esta novela condensa realmente el espíritu del mexicano, o porque el maestro ha sido bien leído por Juan Villoro. Y esto de ser mexicano y ser pesimista no es una calumnia, sino una apreciación que en su literatura nos maravilla. Hay un juego macabro entre el ser mexicano, sus valores, su espíritu de lucha, sus revoluciones, y todas la desgracias que por la esperanza se han ido acumulando. Es un tatuaje que se implantó en la literatura azteca, y que se queda también en los que habitan la Ciudad del México, como en el caso de Roberto Bolaño, que tiene un México vivo en sus Detectives Salvajes, un México que enamora, así como enamora el México desolado de Villoro.
La ingravidez del México de Villoro lo hace auténtico entre las creaciones literarias que se esfuerzan en hablar de ese país. Hay una dedicación a lo mexicano que los hace sentir parte de ese algo, aunque para ellos mismos, sus escritores, ese algo sea su propia negación. Un escritor que se encuentra con su propio reflejo, opaco, amenazante, es un buen ejemplo de escritor parte-social de la intelectualidad-crítica-constructiva de una nación boyante. Villoro −de quien hemos leído una antología de sus textos seleccionada por él mismo, publicada en 1992 por Monte Ávila Editores, titulada La alcoba dormida− nos demuestra un estilo descarnado donde va desnudo México, a su placentera sociedad, para dejarnos ver sus cueros aún curtidos por los rencores de su historia, por su fe, por sus desaires ante el imperio.
“Melina tenía un olor extraño. No me atreví a decírselo pero varias veces interrumpí sus caricias para beber agua. Era la única forma de soportar su cercanía; no tengo más remedio que decirlo: aquel cuerpo adorado olía a puritita mierda” (Villoro: 108), es muestra del lenguaje soez y directo que va aflorando con la naturalidad propia del tema en el prosa de Villoro. Frases como: “y una tarde el gordo fue a comprar cigarros, se tardó más de la cuenta, ya no regresó” (Villoro: 75), “Luego el delineador, la sombra, el lápiz labial, la acostumbrada negociación con sus facciones” (Villoro 65), que podemos verlas con frases aisladas, son en sí, una muestra de la capacidad de síntesis narrativa que Villoro posee para enumerar cortamente, un accionar lento, como en una demostración vigorosa de paciencia.
Dedicaremos la lectura a un cuento: Madona de Guadalupe. En este relato la sinergia del México tradicional, achicopalado, se enfrenta a la voz de aquel México inquieto, agresivo, superpoblado, que transita las calles del DF. Cuenta la historia de Magali, quien en una muy adolescente actitud terminará convirtiéndose en la estrella local, en la Madonna mexicana, que afrentará todos los principios católicos de una sociedad que ya los perdió, pero que mantiene su fachada de cartón.
Usa su poder de síntesis narrativa: “Magali desayuna aspirinas con café negro” (Villoro: 25) para contarnos cómo habita está mujer en el mundo narrativo. Quizá el uso de la realidad extrema, de un escenario donde los graves posibles se unen contra el orden, donde la anarquía se expresa como cualidad social, nos hacen caer en un estado fantástico, y nos obligan a ver en el personaje villoriano a un héroe griego, que se enfrenta a la designios de una sociedad claramente desajustada, en crisis, imponiendo para sí un estado, no menos caótico, pero sí más humano, más justo para la convivencia de él y los suyos, en la lucha de supervivencia.
Pacientemente espera el lector el final de la narración, donde los tópicos no serán diferentes a los que Villoro ya ha mostrado. La transformación del personaje estaba en ebullición o se estaba gestando cuando Villoro nos empieza a narrar. El lector sabe que el cambio de conciencia es inminente. La semilla de este fenómeno de cambio es, en este caso, la sociedad mexicana, que se ha acumulado en el interior del personaje sin que él así lo desee, para al final, hacerlo mostrar su descontento, su afirmación, su vuelta de la moneda (¿vuelta de tuerca, podría ser?). La realidad del cambio (un cambio que podría considerarse necesario), hace a los escritores mexicanos, y espacialmente a Juan Villoro —y a los más recientes narradores—, una especie de profetas adoloridos de su propia desgracia.
Para Villoro, según creemos, la palabra será el artífice del instante, y la velocidad que este impregna a la palabra nos permitirá a vuelta de página captar la vida y tragedia del personaje-sociedad, que ha tomado y descrito con una exactitud espasmódica, cínica y poética.

Sonríe, que esta puede ser tu última fotografía: Ribeyro y Villoro, algo real

Cuando hablamos de realidad, no oponemos en ningún momento esta a la irrealidad, que en ficción es tan real como lo propio. Tampoco hablamos de verosimilitud. Hablamos de narración. De lo que nos narrarán. De esa palabra que es real, por estar en boca del hombre-ficción que el autor, y antes el narrador, nos han puesto ante los ojos. No hay ningún ataque historicista en la cantidad de realidad que Ribeyro y Villoro nos presentan. Por el contrario, nos muestran la palabra tal como la dirían en sus clases, en sus reuniones con amigos: con espontaneidad. Como hecho de habla, y este hecho, en la ejecución de contar. Es real porque el autor se desprende de ello para producir la frugalidad de las emociones en el lector. La sensación de realidad.
Para hacer una breve comparación de la cantidad de realidad de estos dos autores, hay que tener presente que no coinciden como miembros de una misma familia literaria. Distan en tiempo, espacio y educación. En definitiva distan en estilo. Pero su final, su acabar, su narrar último los une en la sensación de naufragio. Esta sensación da más que un final feliz, da un final seco, que demuestra que el final feliz no existe en los cuentos de verdad. En las situaciones más alegres, el final es solo una entonación del sigo vivo que todos queremos decir. La vida, entendida con su martillo y su látigo, se hace presente en las palabras de Julio Ramón y Juan.
Es como si un fotógrafo llegara a tu casa una tarde florida y te dijera: sonríe, que esta puede ser tu última fotografía, y el golpe de la vida, no te permitirá sonreír plácidamente ya que, como un pequeño demonio, la muerte te hace sentir que su caminar está, de una u otra forma, ya en marcha —con zapatos de tacón sobre un afilado piso de latón. Ribeyro, que como buen cuentista suramericano pinta con delicadeza y paciencia —al mejor estilo de Poe— las situaciones graciosas que irán conduciendo a la desgracia a su personaje. Villoro, de súbito, ofrecerá la catástrofe para que antes de terminar el relato ya estés tan acostumbrado a ella como su personaje, y solo te conmocione el final, el se acabó y todos vivieron así para siempre. Un juego funesto y alegre de grandes lectores, que en su oficio de creadores nos han dejado la palabra vuelta un cerillo invisible, propenso a encenderse al menor contacto con la humanidad.

Bibliografía

Ribeyro, Julio Ramón (1994). Antología Personal. Fondo de Cultura Económica. Lima, Perú.
Villoro, Juan (1992). La alcoba dormida. Monte Ávila Editores. Caracas, Venezuela.

Artículos recomendados

Deja un comentario

A %d blogueros les gusta esto: