Semántica de un tornillo enamorado: Objetualidades por Carlos Ildemar Pérez

“Semántica de un tornillo enamorado: Objetualidades” por Carlos Ildemar Pérez*

“el día que me quieras
endulzará sus cuerdas el pájaro cantor
florecerá la vida;
no existirá el dolor”
C. Gardel y A. Le Pera.

Todo libro de poesía, en cuanto esfuerzo poético y apasionamiento suprahumano auténticos, muestra cómo las palabras, que no son sino precariedades luminosas del vivir, atraviesan e inventan la vida y exponen sus rasgos significativos más depurados. En tal sentido, Semántica de un tornillo enamorado, este nuevo poemario de Luis Perozo Cervantes, no es la excepción. La propuesta de su contenido no deja lugar a dudas, siendo como es un arrebato y una desesperación personal, con lo cual, y a pesar del supuesto control que busca ejercer sobre las libertades del lector frente a la lectura, esquema externo que no impacta la poeticidad del significado profundo, ya vemos como ofrece un manojo de conjeturas sobre la colocación del libro para ser leído. Agrio, duro, despiadado, son calificativos que recorren la extensión expresiva de Semántica de un tornillo enamorado. El sujeto poematizador en grado de amante o amador frustrado, hecho de abandono y sellado en la soledad, en el acto fallido de su realización amatoria, llega a la cúspide de sus posibilidades existenciales, al aparecer de lleno intercambiando o sustituyendo la condición humana por un algo objetual como un tornillo. Como en un rito tragicómigo, en este nuevo libro de Luis Perozo la encarnación de lo deshumano está asegurada, no tanto para poder reforzar sino para regodearse casi en una exageración masoquista, como si respirar fuese una redundancia y a lo mejor una necedad.

Semántica de un tornillo enamorado es un título que busca impactar, dar con el desaliento, al generar de inmediato desazón y desequilibrio. Títulos de esta naturaleza son comunes en la pre-historia de la tradición surrealista. Lo sorprendente de las imágenes y de las metáforas, está en el hecho poético de construir analogía por combinaciones de realidades distintas y distantes, siendo la meta romper y poner en tela de juicio lo real, así no extraña encontrar muchos ejemplos en los manifiestos del surrealismo. André Bretón, por ejemplo, cita un poema de Alfred Jerry titulado Fábula que dice: “Una lata de carne de buey, encadenada como unos gemelos,/ Vio pasar a una langosta que se le parecía fraternalmente (más adelante leemos) de repente enamorado, el buey sedentario/dijo a la pequeña conserva automóvil viviente”…

¿Cuál es la diferencia entre una lata de carne de buey y un tornillo? Ninguna porque ambos están enamorados. El dolor agudiza sus pretensiones al momento en que la desrealización introduce el caos de lo que es y de lo que no es. Llama mucho la atención que cada una de las tres partes en la que está estructurado Semántica de un tornillo enamorado, presente como subtítulo y entre paréntesis la palabra situación, la misma que André Bretón utiliza en el famoso ensayo de 1935, titulado “Situación surrealista del objeto”. Y que recomiendo que lean los futuros lectores de Semántica de un tornillo enamorado, después seguramente disfrutarán aún más del libro de Luis Perozo. En tal caso, y aquí vayamos a las dos páginas que cierran el poemario de Perozo, como son la 78 y 79, el poeta después de haber hecho un recorrido desalmado, salvaje, inhumano, a través de su calvario personal, después de haber dicho su íntimo muro de los lamentos, se desinfla en la dureza, se vuelve aire en el aire, y pierde todo lo que había logrado al explicar lo inexplicable, al intentar la manipulación del lector en la tarea de la significación de riesgo poemático que el propio poeta le había impuesto y exigido a lo largo del libro, en una suerte rimbaudeana porque “Explicaba mis sofismas mágicos con la alucinación de las palabras” siguiendo las enseñanzas heredadas en La Alquimia del Verbo, ese poema extraordinario donde se funda la poesía del futuro de pasado mañana. Por supuesto, que a través de la alquimia del verbo también podemos leer Semántica de un tornillo enamorado. Pero Luis Perozo, apoyándose en lo que yo diría una nostalgia raquítica, escribe: “Será mejor olvidar la abstracta semejanza/ que tienes con un tornillo/ que se ha liberado de la madera/ un tornillo sin tuerca/ que llora su libertad/ en el borde del retrete/ uno de esos fenómenos/ subnormales/ que solo la poesía puede crear/ UN TORNILLO ENAMORADO”.

Como lector crítico y en mi crítica de lector, lamento que haya terminado de este modo, pidiendo perdón, dejándose doblegar de los mitos de lo real, y aún peor, asumiendo una actitud de moralina más que de moralidad, al negarle a la poesía el derecho sagrado y obsceno a la vez, que tiene de contradecir y denunciar la realidad deshumanizada y deshumanizadora.

Con Semántica de un tornillo enamorado, recuperamos el desaprendizaje de lo real como expresividad de un encuentro de realidades contradictorias, disparejas, en lo que la antigua teoría literaria conocía como tesis y antítesis, y guarda relación directa, ya queda dicho, con las elaboraciones paradójicas aportadas por la tradición de las experiencias surrealistas y dadaístas. Al respecto, Pierre Reverdy señala lo siguiente: “Mientras más lejanas y justas sean las relaciones de las dos realidades aproximadas, la imagen será más fuerte; tendrá mayor potencia emotiva y mayor realidad poética”.

Estoy de acuerdo con la observación del filósofo rumano Ciorán, respecto de que “La poesía se encuentra amenazada cuando los poetas pretender un interés teórico demasiado vivo al lenguaje, cuando hacen de él un tema constante de meditación”. Precisamente, la primera parte de Semántica de un tornillo enamorado está escrito haciendo hincapié en el lenguaje, especialmente en la teoría del lenguaje desde el punto de vista de la lingüística. Aquí estoy necesitado de decir algo que es una obviedad: todos los poetas de verdad aborrecen la lingüística. Y el poeta Luis Perozo no es la excepción, por eso bajo el influjo de la técnica del absurdo que deriva de la titulación de un tornillo enamorado, presenta esos diez poemas en el que a partir de la jerga más recalcitrante de la lingüística ortodoxa, en los que encarna sentimientos a través de monemas, clasemas, lexemas, morfemas, evidencia el aprendizaje del sufrimiento, una angustia verbalizada al extremo paranoica: soy tu significante, El heperónimo de tu sexo, quiero encontrarte como un monema en la cama, pon tu clasema de este lado en el rincón, déjame ver tu lexema. Así el poeta se revela contra esa jerga que en muchos casos no llega ni a palabras, él las mete arbitrariamente en apuros eróticos al reventar la racionalidad y el equilibrio conceptual en las que se fundan.

En amor y terror de las palabras, ese maravilloso libro fuente de sabios esplendores para los amantes del lenguaje en cierne, J.M Briceño Guerrero escribe: “ si quedarse a solas con una palabra sola es locura y quedarse a solas con una sola cosa es muerte, quedarse a solas consigo mismo es suprema angustia”. Precisamente, el pensamiento poético expuesto en Semántica de un tornillo enamorado encaja a la perfección en los criterios de lenguaje como metáfora de la locura, muerte y angustia, las tres en poetización convergente e interconectada y, por supuesto, todo en racimo de un ars erótica en declive reforzado y éxtasis de lo existente, al ritmo de una semántica del abandono. La segunda parte, denominada situación metafórica, pienso que con un poco de inocencia en la delimitación ya que esa situación metafórica es inabarcable de principio a fin en el poemario, presenta catorce poemas escritos en verso prosado o bien prosa poética. Aquí aparece la lectura ludens que obliga a colar el libro en posición vertical e irlo girando como si estuviéramos atornillando el ojo en la página. El mecanismo sintáctico de estos poemas insisten en empezar con una línea que desemboca siempre en un punto y seguido de una idea poética cerrada en sí misma. Son poemas conmovedores y logrados. Por supuesto, que recuerdan mucho los poemarios de Rimbaud, y en especial el de Una temporada en el infierno, pero ¿qué sensato poeta a la edad de Luis Perozo y a cualquier edad, quiere escapar de esa influencia, a menos que no sea poeta de verdad? En esta parte del libro, que no dudo en calificar de aciertos de rítmica barroca, donde las palabras están acumuladas en ajetreo, empuñadas a fuerza de desgarramientos donde la angustia grita a sus anchas. El poeta Luis sigue con el tema del lenguaje pero no de cualquier lenguaje sino del desamor expuesto sentimentalmente en múltiples quiebres de lo cruel, en tal sentido el poeta escribe : “Entiéndeme, soy apenas un obrero en todo este incomprensible metal, en todo este indolente artificio del amor”. “Venga pues, a enfrentar un lenguaje que no se cansa de copular.” “Seamos el límite del terror”. “El dolor de lo inexplicable”. “Quizás el destino común de un tornillo no sea amar.” “El metal y los escrúpulos de la ley, deben hacer cola en la locura.”

Con estos poemas Luis Perozo por un lado no me deja otra salida que citar a Rimbaud, quien ha escrito para siempre: “Ninguno de los sofismas de la locura – la locura que se encierra – ha sido olvidada por mí: podría repetirlos todos, soy dueño del sistema.” Y por otro lado, pero en la misma línea poética, desempolvar la visión vitalista surrealista de la afirmación de André Bretón de que no será el miedo a la locura que nos harán bajar las banderas de la imaginación. Pienso que la muerte, la angustia y la locura son los tópicos del gran tema de Semántica de un tornillo enamorado que no es otro que el amor metapoetizado del poeta y su poema. Tal vez algo así como la fenomenología del vivir poético en el que la verborrea de los espejismos existenciales restituyen las contracorrientes del deseo. Como ocurre en los nueve poemas largos en los que concluye el libro, parrafadas de sentimientos arrastrados, sin descanso ni calma, que no importa si los leemos de corrido de un solo envión. Para decirlo con Roland Barthes esos poemas pretenden ser textos de goce en los que el placer, la lengua y la cultura están hechos pedazos. Retazos de vida en cuyo centro esto el imposible amoroso, y entre los poemas aquí y allá, leemos el canto del desencanto: “Amar propina los golpes necesarios/ por eso, todo amante que se respete/ debe tener un poema en la boca/para siempre actuar/como es debido/ en los casos de suicidio”. “Los amantes se enervan con la cicatriz/ en el corazón”. “Como el amor la presa somos”. “amoroso el dolor mismo”. “Que te hace amar para luego matarte”. “A limpiarnos el olvido con un nuevo descorazón”. “Será mejor ponerle cuidado a tu llaga por corazón”.

En estos últimos poemas, como en todos los del libro, hay una clara exposición de la tristeza, lo dramático, la amargura, la aflicción. La apología del desconsolado que en un feroz uso del lenguaje, casi orgiástico, denuncia su modus vivendi, casi apocalíptico.

No en vano, en los poemas de Semántica de un tornillo enamorado están recuperadas las coordenadas de la historia crítica de lo absurdo como forma de libertad expresiva, como aquello que dijo el Conde Laútremont al referirse a la realidad del poema que para él era “hermoso como el encuentro fortuito en una mesa de disección de una máquina de coser y de un paraguas”.

Un libro que nos motive a revisar la historia de la poesía, la historia más hermosa del espíritu, siempre vale la pena leer y tenerlo a nuestro lado.

* Palabras de presentación de Semántica de un tornillo enamorado. El viernes 14 de diciembre 2012, en la Biblioteca Pública del Estado Zulia.


Carlos Ildemar Pérez nació en Maracaibo, el 14 de julio de 1964. Licenciado en letras (LUZ, 1991), mención investigación y crítica, magíster en literatura venezolana, profesor universitario, artista escénico (titiritero) y escritor (poeta, narrador y dramaturgo). Realizó estudios de Doctorado en Filología Hispanoamericana en la Universidad Complutense de Madrid, donde también se graduó de Magíster en Teoría y Práctica de las Artes Plásticas Contemporáneas. Su poesía ha sido valorada como una de las voces más auténticas del panorama poético nacional. En su infancia perteneció al Grupo de Títeres Chímpete Chámpata.

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