“0,4 Des-escribideras”, de Ender Rodríguez: el español puesto en estado de juego

Un duende se metió en una fotocopiadora y comenzó a escupir sílabas torcidas. Copiando, descopiando, remezclando, el duende descubrió que el idioma también se baila. Ahí está la tesis de este libro: la lengua, cuando se deja desobedecer, canta de otro modo. Y ese canto, travieso y anfetamínico, es el motor de 0,4 Des-escribideras, la nueva criatura de Ender Rodríguez en la Colección Zoom de Ediciones Azalea (Caracas, 2025), con portada-collage que parodia a Botticelli y convoca una iconografía pop entre flores digitales y dioses travestidos de iguana.

La propuesta se declara desde el anti-prólogo, que llama a estas piezas “a propósito mal escritas”, breves cantos de un absurdismo gozoso que desafía la rigidez “españoleta” y sus leyes de corrección. Se habla de “anarco-lenguajeamiento”, de des-escrituras que deconstruyen para reconstruir con otra música. El libro se instala, entonces, como manifiesto y juego: un laboratorio de desobediencias gráficas, fónicas y semánticas, redactado con mano que se sabe irreverente y se ríe de su propia irreverencia.

La poética de Rodríguez se mueve por anáforas y tartamudeos deliberados; por deslizar el error como estrategia —¿“Erro”, su alias, por error?—, por retorcer la sílaba hasta hacerla coreografía. Desde ese gesto, el libro se erige en palimpsesto lúdico: capa sobre capa, lo que leíamos como “norma” se ve reescrito por fonemas que huyen, por acentos que migran, por letras que se quitan y se ponen como máscaras de carnaval. Así, versos como “Escribidor de escribidera / le le las / escribiduría me / enlela / ela ela” apuestan por la musicalidad antes que por el significado: el sentido se obtiene escuchando, no explicando.

El repertorio confirma una vocación por el hallazgo fónico. “Roe la RAE / rorro / rrrrrr… ru” establece una gresca amorosa con la Academia, mordiéndole la bata y la solemnidad; “La O / ola ola / son h la ola / bobo la” juega con la o como oleaje y con la h como fantasma mudo; “Sin ache / la h / ache no le ache / ni acha” desnuda la letra hasta volverla chiste privado. El procedimiento se repite —y se diversifica— en “Embriagadadez / sin pes / pez cozo nador / pez paz”, “Duélemela a mí / no más / due da”; pequeñas cuentas de un collar sonoro que se mueve, girando entre balbuceo, paronomasia y mantra.

¿Qué se lee cuando la escritura se “des-escribe”? Se lee ritmo. Se lee respiración. Se lee el cuerpo del idioma bailando por sílabas. Este libro entiende que la poesía es, antes que todo, una intención de música; que la forma se vuelve fondo cuando el oído organiza lo que la gramática prohibiría. En ese sentido, 0,4 Des-escribideras dialoga con una tradición que va de la antipoesía al nonsense, con un epígrafe de Nicanor Parra que pone al lector en estado de alerta —“El autor no responde de las molestias que puedan ocasionar sus escritos”— y le recuerda que el pacto aquí es estético, no tranquilizador. El lector “tendrá que darse por satisfecho” aceptando las reglas del juego.

La edición merece un aparte. Luis Ignacio Cárdenas acompaña con collages de humor sideral: una Venus remezclada, astronautas y animales superpuestos, ojos y signos que expanden el teatro del idioma hacia un cosmos kitsch, como si Yellow Submarine hubiera encallado en la Capilla Sixtina para ensayar un canon iconoclasta. Ese diálogo visual amarra la propuesta: lo que la lengua desarma, la imagen lo des-sacraliza jugando, convirtiendo la página en un pequeño altar pagano donde Botticelli se codea con un Adán-ave y un dios iguana verdísimo. La edición asume la travesura como política: “En este país Azalea… la poesía no la inventó la policía”, se lee en su pieza crítica interna —y el guiño rinde cuentas a esa libertad de taller que busca el libro.

0,4 Des-escribideras instala un territorio para el español experimental desde la risa, reprogramando la relación entre pronunciación y mundo. Intención: desmontar la obediencia sintáctica para oír la vida secreta de las letras. Sentimiento: una alegría de criatura que aprende a hablar deshablando, que se equivoca queriendo equivocarse, que entiende la poesía como fiesta del balbuceo. Hallazgo: una “escribiduría” que se desmarca de la poesía de idea y se lanza a la poesía de boca, donde cada poema funciona como un juguete fonético, como un artefacto que no se explica: se activa.

El riesgo, claro, consiste en la fatiga del procedimiento: ¿puede sostenerse un libro entero de desarticulaciones sin caer en el capricho? Rodríguez lo resuelve variando velocidades —hay piezas de feroz condensación y otras donde la serie se abre como abanico— y introduciendo personajes mínimos (la tigra duende; la fauna que “fas fas”; la muerte que “va vandala”) que asoman un teatro en miniatura, un bestiario travieso que da escenas al puro fonema. Allí el palimpsesto se vuelve fábula: detrás de la letra que juega, la sombra de un relato infantil, un mito doméstico, un humor de plaza.

También ayuda el montaje: las páginas de silencio relativo, la inserción de imágenes, el aire para respirar entre onomatopeyas, inventando una partitura visual que guía el oído. Al cierre, la secuencia “Aeiou” condensa el programa: volver al alfabeto para desordenarlo con ternura, como si la infancia del idioma fuera, todavía, el gran laboratorio de la poesía.

Conviene leer 0,4 Des-escribideras como obra abierta y como cuaderno de taller. Abierta, porque el sentido se reparte en el lector que pronuncia, que escucha cómo se le caen las reglas al suelo y rebotan como canicas. De taller, porque convoca a ensayar: leer en voz alta, recortar, remixear, dejar que la página funcione como caja de ritmo. En ese sentido, la colección visual-tipográfica y el contexto editorial —Azalea, Zoom— amplían el gesto y lo enmarcan como experimento público, celebrando un idioma que se permite mutar, que se autoriza a “enlutar el noche” para inventar otra luna.

¿Dónde ubicar esta propuesta en el paisaje más amplio? En la línea de la poesía visual y sonora latinoamericana que se trabaja a sí misma como materia, y en la tradición “antipoética” que Parra terminó volviendo doméstica y feroz a la vez. Rodríguez apuesta por el canto-chiste, el mantra-tropiezo, la gramática travestida: su “des-escribidera” no busca la anécdota ni la épica del yo, busca el placer de decir; y ese placer, llevado hasta la obsesión, termina revelando una ética: la lengua como espacio de libertad, como rito laico donde el juego es sagrado por el simple hecho de estar vivo en la boca.

Cierro volviendo al duende de la fotocopiadora. Lo imagino saliendo con las manos manchadas de tinta, guiñándonos un ojo, dejándonos este libro como manual de travesuras. Piensa como palimpsesto, respira como anáfora, celebra como mantra. Si la poesía se escribe desescribiendo, 0,4 Des-escribideras queda vibrando como un pequeño dispositivo de resurrección fonética. Y al pasar página —entre Venus y cosmonautas, entre aeiou y rrrru— entendemos que el idioma, por un rato, ha vuelto a empezar.

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